lunes, 28 de septiembre de 2009

Sobre los ojos, las lágrimas y el sexo.


Dos películas que fueron contemporáneas provocaron que, en un número ciertamente alto de los cinéfilos de corazón y de los simples aficionados al séptimo arte, hubiera una reacción compartida en el sentido de que, tanto los radicales como los etéreos, coincidieron en haber visto dos cintas de medio pelo, pero con un tema trascendente.

Ni Sexo, pudor y lágrimas ni Ojos bien cerrados van a pasar a la historia del cine por su calidad, pero tal vez lo hagan en la memoria de los cinéfilos por las reflexiones que les provocaron, por un lado, Antonio Serrano y por el otro Stanley Kubrick, directores, respectivamente, de las cintas mencionadas.

En el filme mexicano, Tomás (Demián Bichir) un atormentado y excéntrico personaje, llega a la vida de dos parejas en proceso de disolución, entre otras cosas por la falta de sensibilidad masculina respecto de las necesidades, sueños y circunstancias femeninas; en uno de los matrimonios podemos apreciar a un marido inmerso en un texto que, supuestamente lo ayudará a reclamar para sí su derecho a ser reconocido como escritor, lo cual lo aparta de otro asunto importante: hacer el amor con su esposa de vez en vez. El otro esposo ha hecho un verdadero abuso de la violencia hacia su pareja convirtiéndolo en un paradigma de comportamiento.

Ambas mujeres ven en el excéntrico visitante la oportunidad ideal para satisfacer su necesidad de atención, afecto, ternura y palabras y la aprovechan vía una cogida, para utilizar la palabra que se vuelve recurrente en ambas películas.

En Ojos bien cerrados, Bill (Tom Cruise) se vuelve loco solo con imaginar la posibilidad de que su mujer hubiese tenido un acostón con un oficial de la marina y se sumerge en una pesadilla en la cual deambula por todas las tentaciones de esta era de modernidad sin llegar a caer en ninguna: Es salvado de acostarse con una prostituta con sida gracias a una llamada de su esposa Alice (Nicole Kidman); es invitado a una orgía que, por lo demás resultó aburridísima, puesto que nunca participó excepto como espectador, lo cual ya es bastante ejercicio del erotismo en su calidad voyeur.

Al final de su viaje de pesadilla, vuelve a los enamorados brazos de su esposa –quien está tal vez arrepentida de haberle dicho que por una cogida con el oficial hubiera dejado todas las comodidades, el estatus y el amor conyugal- y le pide perdón por todo lo que imaginó. Sólo eso: imaginar. Si realmente hubiera ocurrido el fondo de la película hubiese sufrido un vuelco radical e incluso predecible; algo en lo que Kubrick difícilmente cayó en su trayectoria como director. ¿Cómo restablecer el orden del matrimonio? La respuesta de Alice es sencilla “vamos a coger”.

Dan ganas de traer a la memoria a Shakespeare: Coger o no coger, esa es la cuestión. La “solución”, no por ser fácil resulta falsa del todo, pero habría de matizarse: si cesa el misterio, se acaba la pasión, se deja de padecer.

En la película mexicana, el visitante Tomás coge con las esposas de sus amigos, ellas perciben en él a un hombre con sensibilidad, que “las entiende”, que da espacio a sus sueños femeninos, pero ni aportando todo eso sería Tomás el elegido para ir a un terreno más allá de lo “ terapéutico”. Para eso están los maridos, contritos con la muerte del personaje interpretado por Bichir. Con la renuncia femenina todo termina “por arreglarse”. Ahora sí los maridos “van a cambiar”. Lo que nunca queda claro en las mujeres de Sexo Pudor y Lágrimas, es cuales son sus proyectos personales (valga la redundancia), esos que se podrían compartir con la pareja.
Parece, el final de la cinta, como las reconciliaciones posteriores a una bronca entre enamorados: “Las reconciliaciones son riquísimas” -se dice-, pero luego de unos días las cosas vuelven a ser iguales.   
Muchas mujeres están acostumbradas a postergar sus proyectos e ideales o subordinarlos a  los tiempos y necesidades de los hombres. Miel sobre hojuelas para el género masculino. ¿Porqué postergan, porqué se subordinan? Los cambios prometidos (por los hombres) al calor de un regaño siempre son superficiales: --“las niñas ricas, escribió en El Gran Gatsby Scott Fitzgerald nunca se casan con los niños pobres”.

Con Ojos bien cerrados es prácticamente lo mismo: ¿Cómo imaginar que esa relación se compondrá si lo único que hacen es “reconciliarse”? Si lo único que ofrece Bill es que “no lo volverá a hacer” (igual no hizo nada) y ella le da la seguridad de que, en el fondo, lo que importa es toda esa “seguridad” que brinda lo material, el estatus, la familia tan bonita. Dos noticias: la buena, que no siempre se tienen los ojos tan cerrados; lo malo, que aún abiertos no se quiere cambiar.