domingo, 11 de octubre de 2009

DAR VUELTA A LA PÁGINA

Sabemos que debemos terminar de leer y darle la vuelta a la página, con lo espantoso que me resulta a veces sentarme a leer y poner atención a esas páginas interminables, llenas de palabras, que cada vez que se avanza un párrafo parece que, por generación espontánea, se reproducen dos o tres más al final de la hoja, algo similar a lo que me ocurre durante la lectura de un texto escolar frente a la pantalla del ordenador; solo avanza hacia abajo y me da la impresión de que nunca va a terminar.

Pero esa mañana, aún fresca de tan cercana, era diferente; me levanté temprano, como siempre, pero con la diferencia de tener el convencimiento de dar vuelta a la página, de una vez por todas finalizar ese capítulo delirante, doloroso y delicado que me ahogaba por dentro.

Dar, por fin, vuelta a la hoja era la tarea principal de ese día para continuar con el resto del texto. Pero ese día no me fue posible. El mentado texto era obsoleto y, para colmo de males, había perdido el interés en él; no tenía la importancia que había tenido al comienzo de la lectura. Ya alguien más había dado vuelta a la página por mí y, sin saberlo, me había comprimido a mí dentro de aquel libro. No se enteró de que me había quedado en ese capítulo.

Solo en ese momento, con la nariz aplastada, el cuerpo aplanado y casi sin poder respirar, me di cuenta que ese es el precio de vivir en una página y no atreverse a dar la vuelta.