miércoles, 2 de marzo de 2011

RENOIR, PINTOR DE MUJERES.

«Las mujeres no cuestionan nada. Con ellas el mundo se vuelve algo muy simple. Saben que lavar es tan importante como la constitución del imperio alemán.»
Pierre-Auguste Renoir



Considerado como uno de los pintores más importantes y célebres de las artes plásticas francesas —en particular del impresionismo—, Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) es ampliamente conocido por sus óleos de niñas, flores, escenas plácidas y, sobre todo, de voluptuosos cuerpos femeninos. Pero, ¿qué hay detrás de este pintor que retrataba sobre todo a mujeres?
por Anitzel Díaz

Hijo de una familia de la clase trabajadora, Renoir tuvo que trabajar desde pequeño y ahorrar incansablemente para poder pagarse sus estudios, lo cual hizo de él un estudiante asiduo, metódico y muy seguro de lo que hacía. Su pasión por la pintura era tal, que rebasaba cualquier trasfondo ideológico y se recreaba en el mero acto de crear.
En 1862, cuando se matriculó en la Academia de Bellas Artes de París, Renoir pretendía seguir la corriente de quienes estudiaban con profesores particulares en busca de mayor libertad. En estos talleres conoció a Monet, Manet, Degas, Pissarro y otros representantes de lo que más tarde sería el grupo impresionista, que proponía dejar de copiar y pintar al aire libre.
En su obra son evidentes dos grandes momentos pictóricos: el primero pertenece a la época impresionista —entre 1864 y 1881—, en la que destaca la pintura al aire libre y las escenas de la vida burguesa como Lise con sombrilla (1867) o Baile en el Moulin de la Galette (1876). Aunque ya para entonces pintaba mujeres y éstas tenían cierto protagonismo, aún el interés del pintor no radicaba en la sensualidad del cuerpo femenino, sino en los cuerpos y telas donde se reflejaba la luz. Su segunda etapa está marcada por tres acontecimientos: su voluntad de ganar prestigio, la llegada de dos mujeres al grupo —Berthe Morisot y Mary Cassatt—, y viajar a Argel e Italia en 1881; todo esto lo hizo alejarse de los impresionistas.
Las mujeres de Renoir
Al conocer a profundidad el arte renacentista, Renoir nunca más vería al cuerpo como un depósito de luz y sombra, sino que empezaría a buscar volúmenes; por esta razón, desnudó el cuerpo de la mujer, definió sus contornos y asimiló la influencia de Rubens, Fragonard y Boucher —de quien Renoir alguna vez dijo: «Creo que ha sido el único pintor que ha entendido el cuerpo femenino»—.[1] Entonces, la mujer se convierte en centro inequívoco de su temática.
Como la mayoría de sus contemporáneos, Renoir veía a las mujeres como criaturas complacientes, simples, fértiles, devotas al sexo, la reproducción, la crianza de niños y demás tareas domésticas. A pesar de considerarlas tan inferiores, al pintor le gustaban las mujeres; al menos, su cuerpo: observarlas, pintarlas.
Encontró, pues, en ellas, un sujeto perfecto para sus pinturas. Fue así que se ganó la reputación dentro de los impresionistas como «más que nada, pintor de mujeres», desde Retrato de Romaine Lacaux (1864) hasta El juicio de Paris (1913-14). Sin embargo, le chocaban en particular las mujeres educadas que presumían de escribir y publicar: «Considero monstruos a las mujeres que se creen autoras, abogadas y políticas, como George Sand, Madame Adam, y otras aburridas que no son más que vacas de cinco patas».
Para Renoir, que una mujer fuera algo más que un ser simple con ojos tiernos y senos grandes, o una madre abnegada, era una violación del orden natural de las cosas. Su boda con Aline Charigot, una de sus modelos, a la que pintó innumerables veces, deja claro el tipo de mujer que prefería.
En Algarabía 78 podrá encontrar más detalles de la vida y obra de Renoir.

[1] v. Algarabía 69, junio 2010, Arte: «Erotismo enmarcado»; pp. 98-103.



Fuente: Revista Algarabía,
http://www.algarabia.com/2011/02/25/renoir-pintor-de-mujeres/


Y hablando de cisnes ...



EL RAPTO DEL CISNE


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Cuando Robert Oliver, un renombrado pintor, intenta destruir un cuadro exhibido en la Galería Nacional de Arte, la única explicación que ofrece de su brutal acto, antes de caer en un silencio insondable, es tan enigmática como incompleta: “Lo hice por ella”.

¿Pero quién es ella? El psiquiatra Andrew Marlow, convencido de que es capaz de hacer hablar hasta a una piedra, no consigue sacarle nada a su misterioso paciente. Impulsado por una curiosidad profesional que poco a poco va convirtiéndose en una irresistible obsesión, Marlow se embarca en una incesante búsqueda de respuestas que lo lleva a investigar a las mujeres de la vida de Oliver y a internarse en los perturbados paisajes de la mente del pintor.

Hasta que el encuentro de unas cartas de amor de más de un siglo de antigüedad le hace descubrir una historia oculta de dramáticas traiciones y pasiones secretas que había tenido lugar en la Francia de finales del siglo XIX, una tragedia en el núcleo del impresionismo francés que tal vez contenga la clave del misterio de Oliver.

Después del éxito mundial de La historiadora, que vendió más de un millón y medio de ejemplares. Elizabeth Kostova reaparece con su nueva y más esperada novela, un relato suntuoso y magistralmente construido que lleva al lector en un viaje a través de los siglos desde la costa de Normandía hasta los Estados Unidos, y desde el primer amor hasta el último, conjurando un mundo que nos habla de obsesiones, de amores imposibles, de la fragilidad del ser humano y de la fuerza del arte para trascender el tiempo.


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