... Y MIENTRAS CAVILABA
Pensaba que me había llegado la ambición cuando ya no tenía nada que forjar ni nada que guardar; la fascinación de los sentimientos cuando todos a los que había amado el viento los había arrancado de mi lado.
Creía que habían llegado a mis manos los mejores libros y las más fantásticas leyendas en el momento en el que mi imaginación ya se limitaba a divagar entre el ayer y un mañana que era igual a otros que había visto nacer.
Llegó el otoño cuando en mi espíritu ya no había árboles y aparecieron blancas nubes cuando ya no era capaz de apreciar la belleza celeste. Creció la ira, cuando ya todo estaba perdonado, y miré a Dios cuando ya todo lo había solucionado por mi propia cuenta.
Cuando mis mejores ideas estaban presentes, me llegó el silencio y, junto con él, la magia del asombro.
Me habían llegado bellas sonrisas, cuando yo ya carecía de motivos para la alegría y justificaciones perfectamente válidas cuando ya nada requería de ellas, porque todo era válido e ilimitado.
Me llegó el tiempo a destiempo y una leve brisa de madrugada, que cantaba la desdicha de todos los que llegaban a tiempo a su pasado y dejaban en el hoy su reflejo en las aguas de un río que llora primaveras; me había llegado el tiempo a destiempo y, con él, mis pupilas se comenzaron a vestir de ayer y mis oportunidades a transformarse en sueños.
Parecía que me habían llegado los años por vivir, cuando mi alma estaba soñando con la eternidad.
… Y, mientras cavilaba en todo esto, me desperté una madrugada cantando las desdichas de todos aquellos que llegan a tiempo a su pasado. Era una canción bella, que me había llegado cuando ya no había melodía perfecta y, más bella aún al saber que todo aquello que pensé que me estaba pasando, quedó olvidado en el presente en el que sigues a mi lado.
Gustavo Sáenz
1 comentario:
Sólo saludarte, felicitarte y agradecerte por compartir tu escrito. Es impresionante... quedé frío.
Saludos!
M.Ortega...
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