EL VIAJE.
Voy viajando en el metro de la ciudad de México, rumbo al centro a realizar una compra de esas que no pueden esperar un día más –aunque al final la tal compra “impostergable” tuvo que esperar- en un asiento muy próximo al mío viene viajando un negro, reluciente y magnífico, como una estatua divina de brea. Desde hace rato mira hacia la nada con una lejanía interior inmensa, tan inmensa como la tristeza que transmite. Algún otro pasajero, intenta buscar en el sueño un refugio para su desgana y cansancio. Pero el negro viaja con todo el cuerpo, con la boca redonda y maciza, con la quijada cuadrada y fuerte, con los ojos centelleantes, con todo su organismo de negro convencido. Trae dos argollas a manera de aretes en el lóbulo derecho. Dos argollas redondas y poderosas que bien podrían ser las que llevaron sus abuelos -¿bisabuelos?- en la nariz. Y cubriendo su torso una camisa perfectamente ajustada -tal vez demasiado-, blanca, de algodón, nada del otro mundo; pero, sin embargo, algo la hace diferente, no sé explicar que es, pero no es como si la portara cualquier hombre, incluso no es como si la portara cualquier negro, ésta tiene algo de diferente, se puede apreciar que es una camisa nueva, sin embargo parece una camisa de desastre. Él parece olvidado de su camisa pero los pasajeros que estamos próximos sentimos que hay algo de naufragio en la camisa y el descuido del negro.
Pocas cosas tienen tanta belleza plástica como un negro engreído. Éste parece saberlo y, aparentemente, desprecia a su compañera de al lado, que va de pie y que aspira su cercanía como un perfume amargo e inalcanzable, lentamente aspira, contiene dentro de sí el aroma y luego lo exhala despacito, como si no temiera perderlo y no encontrarlo nuevamente, cerrando los ojos, soñando con todo aquello que un negro como aquel puede hacer imaginar a una mujer con los años nuevos, las ilusiones fáciles, las pasiones intensas y efímeras, de piel transparente, cabello negro azabache y ojos de un azul indefinible con tan solo el aroma que despide su piel, aunado al roce en su cuerpo de una de las poderosas piernas de aquél, envueltas en un igualmente ajustado pantalón oscuro.
Él, sin embargo, no la desdeña, sonríe por dentro, la malicia le muerde los labios y el resto de la piel y juega con sus brazos relucientes para mostrar los músculos grandes y macizos.
Hace un momento, al dejar la estación anterior, un vendedor ambulante subió a vender discos piratas de un género musical que desconozco -aunque presuma mi eclecticismo musical-, pero que parecía entre tribal y tropical. El negro, que venía distraído mostrando sus brazos y sonriendo para sí, se estremeció visiblemente como si un grupo de negras ebrias, frenéticas, al escuchar el golpe de las tamboras, se hubieran puesto a bailar alrededor de su sangre; por un momento pareció que el negro iba a decir algo. Miró en torno suyo al grupo de pasajeros que oyeron pasar la música sin inmutarse. Él, negro legítimo, que la había escuchado con sus cinco sentidos, hizo un gesto de desprecio para dejar una constancia de su superioridad.
El negro mira el reloj y acto seguido, con una vanidosa maestría arregla el cuello de su camisa en el reflejo de la ventana y alisa su cabello con las manos, provocando un suspiro delirante en la mujer de piel transparente que, en ese momento decide retirarse hacia el final del vagón ante la marejada que provocó en su mar interior el negro con ese solo acto. Él lo sabe y sonríe regocijado, con una ancha y afilada sonrisa que le relumbra como un machete. Los pasajeros tenemos la impresión de que todos los barcos del mundo han atracado en el muelle de su vanidad.
La india.
En un asiento del tren, justo enfrente del negro, a tan solo unos centímetros de él, viene viajando una india. Es un ejemplar perfecto de estas mujeres –mitad primitivas, mitad civilizadas- que bajan de alguna sierra del país (me da la impresión que de alguna sierra Michoacana de la región de tierra caliente) cargadas de plantas medicinales y de fórmulas secretas para el amor. Tiene un cuerpo, sin embargo, que no es completamente de india, la piel suave y los senos turgentes y firmes, la cintura estrecha y las piernas largas y armoniosas. Los ojos, ligeramente circunflejos, liso el cabello y rabiosamente grueso; es una nativa silenciosa, observadora, hecha de tierra fértil, que viste una blusa de una recia manta y una falda colorida. Jugaba con una cajetilla de cigarrillos canadienses que seguramente fuma, a juzgar por las marcas en sus dedos.
Durante todo el trayecto la india parece estudiar la seriedad del negro; entre ellos se interpone todo un complicado mapa de costumbres, usos, creencias, emociones… como si los pocos centímetros que los separaban se hubieran extendido en una insalvable distancia sociológica. Pero el negro, de pronto, le ha dado a la india la oportunidad de una larga charla que resultó, por lo demás, bastante provechosa para él. Por en medio del cansancio y el ruido de los ambulantes, se oyen las dos voces pausadas, concentradas, buscando el punto exacto entre una civilización absurda. Suena la voz de la india, que es de cáñamo retorcido y la del negro que es de agua filtrada. La india le ha dicho que ahí, en la cajita tallada y colorida (que pudiera resultar bastante atractiva o demasiado recargada) que trae entre las piernas, hay una culebra cascabel. El negro se estremece con un fingido terror que no tiene otra finalidad que dejar a la india satisfecha en su dignidad. Sin embargo tiene fe en ella y le pide “un remedio para no tener hijos”.
Cada uno de ellos, a su propia manera, son amantes de la aventura y de lo esotérico, de lo tribal y de los ritos; de lo mucho que el mundo tiene de oscuro y misterioso; pero la india, en su despreocupada actitud, comprende que lo mejor del hombre es lo mucho que tiene de gitano y se le ha dado la gana complacer al negro en su deseo de ser estéril.
Ahora, desde hace un momento, el negro viene echándose a la boca puñados de semillas traídas de quien sabe que rincón de tierras mágicas y después de cada dosis, un estremecimiento claramente febril le sube por el cuerpo perturbado, como si sintiera en los testículos las furiosas mordidas que van cicatrizando su dinastía.
Punto y aparte
18 de noviembre de 2012
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