miércoles, 14 de noviembre de 2012

Entre las 12 y las 6



.. La madrugada ..

Entre las 12 y las 6

La madrugada –en su expresión más poética- es un lapso de tiempo casi legendario para esta nuestra generación –árbol que crece sobre un cadáver-. En nuestra mente sigue el emotivo recuerdo de los relatos de nuestras abuelas sobre todas las cosas fantásticas de aquel, ahora distinto, pedacito de tiempo.

Seis gratísimas horas que habían sido edificadas con una estructura diferente, talladas con esmero, como la madera noble de Vero; moldeadas con pulcritud como el barro de sensaciones mágicas de Toledo; transformadas en la belleza sublime e irrefutable como los colores, texturas y emociones que plasma David en sus lienzos y barricas; cantadas con la armonía de las cuerdas de la guitarra de Buenaventura y la calidez de las bocales de algún otro apreciado personaje que viene a mi memoria y que no es menester mencionar; construidas con la belleza de los versos de Lex; realizadas con la delicadeza, perfección y meticulosidad de los hermosos bordados de Élida; con el excepcional y sereno encanto de los irrevocables quereres de mi bien amada esposa, forjadas en el hermoso hierro del cariño del amadísimo y amantísimo hijo … formadas, finalmente, en la misma sustancia de los cuentos… acaso como los que escribía Ricardo.

Se nos hablaba del perfume de los geranios multicolor de Margarita, sobre el balcón por donde se trepaba el amor hasta el sueño de los chicos y que se ha transfigurado en el balcón de las pesadillas.

Nos dijeron que antes, cuando la madrugada era nuestra y era verdadera, se escuchaba en la terraza frontal y en los patios traseros, el rumor de la savia nutriendo los limoneros. Y el grillo, el grillo invariable y omnipresente que afinaba -¿desafinaba?- sus violines para llenar el aire con su serenata.

Nada de todo esto encontramos en el desolador legado de nuestros mayores. Este, nuestro tiempo, lo recibimos, forzadamente, desprovisto de esos elementos que hacían de la vida de nuestros años de infancia –los años maravillosos- una jornada poética.

Se nos entregó un mundo mecánico, artificial, en el que la violencia inaugura una nueva política de la vida. El sonido inconfundible y estremecedor de las sirenas, con sus luces rojas y azules y de los motores de vehículos verde olivo es –en este orden de ideas- el símbolo de la decadencia. Hay una insalvable distancia histórica entre este sonido que altera los sentidos y el grito amable del sereno colonial.

Este de ahora levanta su trinchera de terror ante los ojos asombrados de los niños juarenses, que cambiaron sus trompos por ametralladoras y sus canicas por balas de alto calibre. Con la misma angustia lo oyeron en Michoacán y sus caminos y todos los oídos de México; con este mismo sentimiento desconcertante de que algo se desmorona a nuestras espaldas.

Con este mundo violentado donde los niños tienen que abrirle paso ya no al carrito de los helados, sino al tanque de guerra al colibrí de hierro y a las sustancias que devoran su mente; con esta civilización de pólvora y odio ¿Cómo se nos puede pedir que seamos hombres de buena voluntad?.

Me pregunto, nos preguntamos, quizá, si otros volverán -¿volveremos?- a las visitas de noche a los amigos y colegas, si recuperaremos nuestra disponibilidad para esperar la madrugada olorosa a sueños, proyectos y sentimientos, a la sensación del rocío limpio, claro, refrescante, reforzador de las primeras horas del día, luego de una noche fortificadora… si regresaremos a trasnochar en compañía de amigos y amores.

O tal vez, seguros de que ya nada nos impedirá pasar la noche en vela, iremos a dormir plácidamente –extraños seres contradictorios somos- antes de que las manecillas del reloj nos indiquen la medianoche.

Quizá, simplemente, tengamos que resignarnos a pasar la noche frente a una computadora y continuar añorando el pasado mientras transcurren las horas –ahora asesinadas- de la madrugada.




Punto y aparte

14 de noviembre de 2012

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